Variaciones
semánticas del
concepto de
violencia en la
novela Los ejércitos
de Evelio Rosero
Semantic variations of the concept of
violence in the novel Los ejércitos of
Evelio Rosero
Juan Pablo Garzón Almonacid
Magíster en Literatura y Cultura
Instituto Caro y Cuervo
Corporación Universitaria Minuto de Dios
UNIMINUTO
Bogotá, Colombia
jugacid@yahoo.es
https://orcid.org/0000-0003-0299-1904
PERSPECTIVAS
https://revistas.uniminuto.edu/index.php/
Pers/issue/view/195
ISSN 2145-6321
e-ISSN 2619-1687
Vol 6 - No. 21, 2021
96-109
RECIBIDO : ABRIL 08 -2021
ACEPTADO: SEPTIEMBRE 23 - 2021
Variaciones semánticas del concepto de violencia
en la novela Los ejércitos de Evelio Rosero
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RESUMEN
La perspectiva analítica que ofrece el fenómeno de la violencia
como tema literario plantea tanto rupturas como puentes
comunicantes frente al desarrollo que ha tenido esta temática en las
letras colombianas. Estas rupturas y estos puentes expresan diversos
significados que se hacen palpables en la novela Los ejércitos del
escritor colombiano Evelio Rosero. Por tanto, la presente investigación
de tinte narratológico pretende comprender el contenido semántico
del concepto de violencia a través de las subjetividades de los
personajes analizados dentro de la citada obra literaria. En especial,
la de Ismael Pasos, personaje principal, cuya narración autodiegética
nos revela los diversos sentires emocionales que se despiertan en un
contexto, en extremo, violento.
Palabras Clave: violencia, literatura, semántica, imaginarios, poder.
ABSTRACT
The analytical perspective that the phenomenon of violence offers us
as a literary theme, raises us both ruptures and communicating
bridges in the face of the development that this theme has had in
Colombian literature. These Ruptures and these bridges express
various meanings that are palpable in the novel Los Armies by the
Colombian writer Evelio Rosero. Therefore, the present narratological
investigation aims to understand the semantic content of the concept
of violence through the subjectivities of the characters analyzed
within the literary work. That of Ismael Pasos, the main character
whose autodiegetic narration reveals the various feelings that are
awakened in an extremely violent context.
Keywords: Codependency, behavior, parenting styles, emotions,
health, dependent, health, dependent.
Introducción
La violencia como tema literario
Cuando se estudian los elementos constitutivos o las dimensiones
temáticas de la literatura colombiana, es coincidente encontrar en
un número variado de sus obras, múltiples reflexiones sobre el
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ignominioso fenómeno de la violencia acaecido históricamente en
esta nación suramericana
1
. Desde las narraciones dedicadas a
mostrar el violento proceso usurpador de la conquista española y su
posterior época colonial, hasta aquellas convertidas en retratos
escritos de las vicisitudes políticas y sociales que originaron las
guerras civiles del siglo XIX; como también, las que se establecieron
en documentos testimoniales del horror producido por las
cuestionables industrias del caucho y el banano en las primeras
décadas del siglo XX, pasando por la siembra de muerte arrojada
por los antagonismos partidistas de los años cuarenta, cincuenta y
sesenta, o las novelas que, en épocas más recientes han ido
retratando la aparente e interminable lucha entre el Estado y los
carteles del narcotráfico, las guerrillas, el paramilitarismo y sus
diversas e infortunadas consecuencias.
Es evidente que al procurar representar la violencia acarreada por
los despotismos desmedidos de los actores que han hecho parte del
cruento ramillete de conflictos armados de la historia de Colombia,
muchos de los escritores del país desafiaran sus efectos barbáricos
y dieran pie a estetizar tan fructífero fenómeno criminal, rastreando
las diversificadas reproducciones performativas de la violencia que,
en muchos casos, han sustentado las relaciones existentes de poder
político y social en el país. Los efectos perturbadores de las
masacres, las desapariciones, los desplazamientos forzados y demás
vejaciones adscritas al grueso de la criminalidad, se han plasmado
narrativamente en muchas de las páginas de la literatura nacional,
con el ánimo de establecer un campo emocional que ha permitido
visibilizar, por otra vía, lo que, de manera lastimera, se ha convertido
en discurso habitual. Los actos violentos, pan de cada día, se
identifican como representación ficcional. Sin embargo, muchos de
sus matices son la esencia interpretativa de la desgarradora
realidad
2
.
1
Aunque es muy conocido el fenómeno literario que transcurrentre 1951 y 1970 denominado novela o narrativa de la
violencia, la recurrencia histórica de la violencia como tema literario se dio tanto antes como después de dicho fenómeno. Si
bien, los actores y las circunstancias que han motivado este flagelo han sido diversos, su influencia en las letras colombianas
a lo largo de la historia es indiscutible.
2
Toá. Narraciones de caucherías (1933) de César Uribe Piedrahita, El 9 de abril (1951) de Pedro Gómez Correa, El gran
Burundún Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea, Guerrilleros, buenos as (1954) de Jorge Vásquez Santos, El
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Las consideraciones de estudiosos e investigadores del tema, como
el sacerdote Germán Guzmán Campos (1977) (coautor del libro La
violencia en Colombia), el cual afirmaba: “la biografía sobre la
violencia ha echado por el atajo de la escueta enumeración de
crímenes nefandos con inculpaciones partidistas o de la fácil
casuística lugareña vertida en novelas que no han logrado todavía
la total dimensión interpretativa del fenómeno” (p. 23) o, Gabriel
García Márquez (2014), al decir: “No es asombroso que el material
literario y político más desgarrador del presente siglo en Colombia
[hablaba del siglo XX] no haya producido ni un escritor ni un
caudillo” (p.12), no den demasiado crédito a la importancia
divulgadora y estética de este conglomerado de obras. No
obstante, es innegable la influencia que han ejercido en las últimas
generaciones de escritores colombianos; no solo desde el ámbito
testimonial, sino también desde los recursos narrativos y estilísticos.
Bajo esta lógica, el escritor Evelio Rosero en su novela Los ejércitos,
de 2007, nuevamente hace patente la enorme tradición de la
estetización de la violencia como elemento sustancial de nuestra
narrativa. Cuya característica principal es el carácter vertiginoso y
al mismo tiempo heterogéneamente fragmentario y plural que les
imprime a las experiencias violentas; mecanismos referenciales de
la novela que permiten pensar el concepto de violencia desde las
variables de una semántica connotativa, debido a la multiplicidad
de significados construidos a partir del análisis de las visiones
particulares de sus personajes. Valor fundamental que admite
tipificar el fenómeno a través de las reacciones decretadas por las
brutales vivencias. Rosero no escatima en descripciones sobre la
orfandad gubernamental en la que se encuentran sus personajes,
haciendo ver el espacio común donde transcurren los
acontecimientos como caldo de cultivo propicio para la eclosión
del más cruento desenlace.
Monstruo (1955) de Carlos H. Pareja, La rebelión de las ratas (1962) de Fernando Soto Aparicio, Estaba la pájara pinta
sentada en el verde limón (1975) de Alba Lucía Ángel, El eskimal y la mariposa (2004) de Nahum Montt, son algunas de las
novelas que han seguido la tradición de ver la violencia como tema literario.
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La violencia: pérdida de los imaginarios colectivos
Precisamente, en el devenir de la obra, bajo la reinante zozobra
padecida por los habitantes de San José
3
, población ficticia donde
transcurren los acontecimientos, nadie se siente a salvo de la guerra
silenciosa presente en su cotidianidad, situación que trastoca no
solo la subjetividad de las víctimas, sino también los imaginarios
colectivos, sobrepasando los límites del pensamiento y la
experiencia comunitaria. Síntomas iniciales del proceso patológico
de la violencia, cual resultado más común es el de generar
existencias mutiladas que coartan casi por completo la realización
de la esencia humana idealmente concebida y valorativamente
deseada. Es allí, en las evocaciones de las experiencias de horror e
incertidumbre, donde empiezan a atribuírsele variedad de
significados a la violencia, a mutar, a generar de ella otros
conceptos que, en últimas, arrasan con el espacio simbólico de la
población, además de los cuerpos individuales. En este sentido,
cada uno de los habitantes, sin importar su posición social, su edad
o su sexo, se transforman en víctimas directas de la atmósfera
amenazante y los actos sanguinarios que perpetran los ejércitos,
grupos armados que, con excepción de las fuerzas militares de la
nación, nunca conocemos su origen o su afiliación política
4
, aunque
podría ser cualquiera.
El significado de la violencia atribuido por cada personaje, a partir
de sus experiencias individuales, lo podemos ver a través de Ismael
Pasos, personaje septuagenario que, además de ser un profesor
jubilado, es una figura que infunde el respeto y el cariño de toda la
población de San José, situación que le da la posibilidad de
conocer los pensamientos y la sensibilidad de sus coterráneos. Su
narración nos proyecta tanto a sus esperanzas y sueños iniciales
como a las de los demás, pero también al desasosiego generalizado
3
A pesar de que en Colombia hay varias zonas geográficas con este nombre, las características descritas por el autor hacen
pensar en la población de la novela como espacio meramente simbólico.
4
En algunos apartes de la novela, son nombrados los paramilitares, la guerrilla y el narcotráfico. No obstante, los grupos que
acometen violentamente contra los habitantes de San José quedan en total anonimato.
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a causa de la exacerbación de la muerte que se esparce sin límites
por toda la circunferencia del pueblo.
El primer contacto que se tiene con un acto violento en la lectura es
cuando Ismael rememora el día que conoció a Otilia, su esposa, en
un desvencijado terminal de transporte. Es a partir de este
momento, donde empezamos a dilucidar la concepción que el
personaje principal de la novela tiene acerca de la violencia. El
acto encierra un fuerte simbolismo, al mostrar dos personajes
(víctima y victimario) revestidos, además de un halo de muerte, de
una serie de signos ambivalentes:
En la banca vecina se hallaba un hombre ya viejo, bastante gordo,
vestido de blanco, también su sombrero era blanco, y el pañuelo
que asomaba por la solapa; se comía un helado igualmente
blanco[…] también el sudor como una espesa gota empapaba
su cuello toruno; todo él trepidaba, y eso a pesar de encontrarse
debajo del ventilador; su corpacho ocupaba toda la banca, estaba
repantigado, dueño absoluto del mundo; en ambas manos llevaba
un anillo de plata; había a su lado una cartera de cuero, atiborrada
de documentos; daba una sensación de inocencia total […] otro
hombre, reverso de la medalla, joven y delgado hasta los huesos, sin
zapatos, en camisa, el corto pantalón deshilachado, se iba directo
hasta él, le ponía la punta de un revólver en la frente y disparaba.
(Rosero, 2019, p. 21).
El crimen surge en los lugares menos esperados y en las
circunstancias más inverosímiles. Ismael, en pleno cortejo a la que
será su mujer, presencia el desencadenamiento de un acto que
origina sentimientos de horror, desesperanza, angustia e
impotencia. El asesinato de un hombre con no pocas
connotaciones angelicales y de abundancia material, a manos de
un aparente joven harapiento y descalzo que sin ningún miramiento
dispara a la cabeza de su víctima. Podríamos preguntarnos después
de este acontecimiento: ¿existe una complicidad inconfesada
entre la miseria y la violencia?, o ¿la violencia se aprovecha de las
circunstancias propias de la miseria? Interrogantes que quedan en
el aire viciado de la escena; improntas de la desigualdad social que
van estructurando en Ismael una idea de los orígenes del caos y la
destrucción producidos por el irrefrenable ímpetu del agresor.
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Tzvetan Todorov (1992) nos dice que con la locura homicida que
genera la violencia “ocurre algo parecido a lo que ocurre con el
ascenso a los volcanes: uno llega cada vez hasta la cumbre y
regresa de ella, pero no trae lo mismo cada vez” (p. 155), analogía
más que acertada para retratar el espeluznante ascenso del crimen
dentro de la descripción que el mismo Ismael hace de los
acontecimientos. La aterradora creatividad de los victimarios al
momento de acometer sobre el otro se acrecienta a medida que
transcurre la historia al forjarse una multiplicidad de prácticas de
tortura y muerte.
La violencia: evasión de la realidad
Ismael, al ser el eje principal de la narración, experimenta uno tras
otro este tipo de acontecimientos, por tanto, es testigo del
desmoronamiento social y el principal comentarista de la
vulnerabilidad inerme en la que se encuentran los pobladores de
San José. A través de su relato, podemos interpretar el significado
de los sentimientos abrumadores de desesperanza, al igual que la
inmovilidad y frustración que cambian radicalmente las dinámicas
de vida e interacción común, y que producen desarraigo a una
posible configuración social. Sin embargo, es Ismael el que hace
evidente la práctica aparentemente contraria a las circunstancias
que lleva a cabo Hortensia Galindo, al conmemorar la desaparición
forzada de su marido, Marcos Saldarriaga, en donde los más
allegados se reúnen en su casa para compartir en medio de la
música y el baile, a pesar de la incertidumbre generalizada de no
saber si está vivo o muerto:
Allá en su casa se reúnen sus amigos, los conocidos y los
desconocidos; se bebe ron. En el largo patio de cemento, donde
abundan las hamacas y las sillas mecedoras, una muchedumbre de
jóvenes aprovecha la ocasión, incluidos los hijos de Saldarriaga, los
mellizos. En el interior de la casa los viejos rodeamos a Hortensia y la
escuchamos. No llora, como antes; podría decirse que ya se resignó,
o quien sabe; no parece una viuda. (2019, p. 27).
Para Michael Taussig (2002), las prácticas que aparentan
normalidad en medio de la incertidumbre derivada de una
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atmósfera de opresión, miedo y hostilidad se dan por una especie
de toma de distancia del hecho en sí, a lo que él llama facticidad
del hecho social. Reprimir la memoria así sea por pocas horas y
evadir la realidad desfavorable de nuestro alrededor es dar bases a
la misma violencia para que continúe su camino destructivo. Para
Hortensia, la violencia es evasión, es perderse en los intricados
caminos de su subjetividad; al abandonar San José en un
helicóptero del ejército, en medio del inminente ataque, pone en
evidencia su toma de distancia con su propia realidad.
La violencia como poder
Además de las desapariciones forzadas, de las cuales es víctima la
propia Otilia, esposa de Ismael, comienzan a forjarse dentro de la
narración formas primitivas de violencia, en donde los victimarios no
muestran ningún respeto por los cuerpos violentados, al configurar
rituales post mortem, en donde los cadáveres se convierten en
signos indiscutibles de la crudeza y el salvajismo de los que detentan
la autoridad en la escena del crimen. Anton Block (2000), al estudiar
los procesos que aluden a la violencia, da a entender que la
victimización de los cuerpos va más allá de la propia muerte, los
personajes que son objeto de mutilaciones, violaciones y torturas son
también la muestra del frenético poderío de los ejércitos que asaltan
al pueblo, al igual que la muestra palpable del horror que quieren
imprimir para persuadir a los que todavía quedan vivos. El
espectáculo escalofriante de sus actos margina e invisibiliza las
referencias simbólicas y los procesos de resignificación cultural y
política de los lugareños, que, al verse sometidos por tan cruento
poderío, deciden escapar o resignarse a su suerte.
Un dictamen ambiguo sobre los victimarios es que son fieles a la
violencia y la depravación por el poder que otorga, por el respeto
que se adquiere a través del horror que ocasionan sus actos. Los
victimarios de la novela, en medio de su accionar bélico, descreen
de todo lo establecido, por eso no escatiman en la barbarie,
haciendo de los episodios violentos el vehículo portador de algún
reconocimiento social. Podría decirse, que, de cierto modo, ellos
también son víctimas de un conflicto armado sin derrotero
aparente, solo el de fustigar al prójimo para ser alguien reconocible
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en medio del anonimato. Tal vez por eso, no es para nada inocente
que Evelio Rosero los dejara sin nombre en la novela, posiblemente,
con el ánimo de no darles un protagonismo directo a través de la
narración de Ismael.
La violencia como demencia
El otro ejército, el legal, el que representa y salvaguarda la nación,
encarnado en la figura demencial del capitán Berrío; es incapaz de
controlar la fuerza desmedida de los agresores. Su impotencia
general es el reflejo de la enajenación de Berrío, el cual no responde
ni a la racionalidad ni a ningún sentido ético en su actuar:
La cabra Berrío lo tildan sus hombres, a sus espaldas: apuntó al grupo
y disparó una vez; alguien cayó a nuestro lado, pero nadie quiso
saber quién, todos hipnotizados en la figura que seguía
encañonándonos, ahora desde otro lugar, y disparaba, dos, tres
veces. Dos cayeron, tres. Los soldados ya rodeaban a Berrío, a
tiempo, y este enfundaba la pistola y daba la espalda, saltando al
jeep y retirándose de la plaza. (Rosero, 2019, p. 86).
En el anterior aparte, Ismael relata como Berrío violenta a la gente
del pueblo sin ningún remordimiento, es en este infortunado suceso
donde la novela toma un giro inesperado, el simbolismo de la
imagen es totalmente desesperanzador, es la pérdida de la
confianza al que está asignado a proteger a la sociedad civil; a la
institucionalidad que, en el imaginario de la colectividad, tiene el
deber patriótico de proteger a cada connacional. Alrededor de
este acto parece proyectarse oscuramente el destino de San José;
el punto de partida de una espiral de muerte que no tendrá freno.
Paradójicamente, iniciada por un funcionario de la ley.
En consecuencia, en la figura y el comportamiento desequilibrado
de Berrío, Evelio Rosero muestra otro de los rostros de la violencia, es
la demencia que sobrepasa los límites de un conflicto armado
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irregular. Mabel Moraña (2010), siguiendo el pensamiento de
Michael Taussig, dice al respecto: “[En épocas de violencia] nuestro
sistema representacional atraviesa una crisis radical, porque la
conciencia se desgarra violenta e inesperadamente cuando se
enfrenta al terror, que ha llegado a ser una experiencia cotidiana
que excede los límites de la comprensión y la comunicación” (p.
186). El terror, la frustración y el desequilibrio experimentados por el
capitán Berrío modifican, evidentemente, tanto su misión como su
accionar dentro de la comunidad, y termina resquebrajando, una
vez más, la voluntad de los habitantes de San José. Las constantes
divagaciones morales que aparecen en la novela son un punto
clave para determinar la relación de la obra con la realidad, a pesar
de lo excesivo e intrincado de sus imágenes y su temática, se hace
revelador el estado de crueldad que puede alcanzar una sociedad
que no evalúa sus problemáticas, ni reconstruye sus bases como
institución.
La violencia como profanación
Es peculiar la manera en que el escritor ha ubicado a los integrantes
de Los ejércitos: hartándose de la legalidad, se entregan a su
animalidad primigenia, se vuelcan en una ebriedad de sangre que
los transfigura. Comportamiento que genera la tensión entre la vida
civil y la barbarie. Hemos venido valorando un panorama en el que
el nivel de lo simbólico es abordado de manera múltiple. No
obstante, hemos constatado también, que es en los sistemas de
significación simbólica donde nos damos cuenta cómo el hombre,
constructor de progreso, se permite exponer brutalidad y locura; su
heroicidad, su genialidad se desbordan hacia el mal. Lo anterior lo
podemos ver claramente al analizar el personaje conocido con el
seudónimo de Oye, vendedor ambulante de empanadas, cuya
característica principal es la de pregonar incisivamente el
imperativo que da lugar a su sobrenombre:
Todavía se empecina el vendedor de empanadas desde la misma
lejana esquina: oímos su grito a nadie, pero grito violento, de
invocación, ¡Oyeeee!, igual que siempre desde hace años,
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buscando clientes donde no los hay donde no puede haberlos,
ahora. No es el mismo muchachón que llegó a San José con su
pequeña estufa rodante, el fogón ambulante que enciende con
gasolina y reparte llamas azules alrededor de la paila. Ya debe andar
por los treinta. Tiene la cabeza rapada y un ojo desviado; una
profunda cicatriz señala su frente estrecha; sus orejas son diminutas,
irreales. Nadie sabe su nombre, Todos lo llaman Oye. Llegó a San José
sin conocer a nadie, se petrificó detrás de la estufa, del enorme
cajón sonoro donde el aceite hierve, cruzado de brazos, y allí
empezó a vender y sigue vendiendo las mismas empanadas.
(Rosero, 2019, p. 67).
La imagen que se nos ofrece de este personaje, en apariencia, no
tiene nada de trascendental, su aspecto desaliñado y las mínimas
referencias que Ismael da de él en su narración hacen pensar,
inicialmente, de la poca participación que tendrá en los sucesos
acaecidos en la población. No obstante, sus intervenciones toman
gran relevancia al convertir su pregón en una advertencia para los
demás pobladores de San José; con él, los invita a escuchar el ruido
que los acecha, el rudimentario y escalofriante murmullo de la
guerra no declarada que caerá sin contemplación sobre el pueblo.
Sin embargo, el resultado de su proclama no es el esperado, se
pierde en las grietas del desentendimiento obcecado de los que no
quieren oír, ni tener memoria sobre el escenario reinante.
Su destino es desgarrador, es violentado, profanado su cuerpo,
sumergido en el ritual de horror acostumbrado por los victimarios, se
calla a aquel avisador del fuego
5
, cuyo simbolismo trasciende más
allá de los límites del entendimiento de Ismael:
Busqué la esquina donde Oye se paraba eternamente a vender sus
empanadas. Escuché el grito, volvió el escalofrío porque otra vez
me pareció que brotaba de todos los sitios, de todas las cosas,
incluso de adentro de mismo. “Entonces es posible que esté
imaginando el grito”, dije en voz alta, y mi propia voz como si
fuera de otro, es tu locura Ismael […]. Vi que la estufa rodante se
cubría velozmente de una costra de arena rojiza, una miríada de
hormigas que zigzagueaban aquí y allá, y, en la paila, como si antes
de verla ya la presintiera, medio hundida en el aceite frío y negro,
5
Expresión de Walter Benjamin con la que designaba a aquellos individuos cuya pretensión era la de advertir sobre las
inminentes calamidades que podrían caer en un determinado lugar. El mismo Benjamin (1982), se consideraba un avisador
del fuego.
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como petrificada, la cabeza de Oye: en mitad de la frente una
cucaracha apareció brillante, como apareció otra vez, el grito: la
locura tiene que ser eso, pensaba, huyendo, saber que en realidad
el grito no se escucha, pero se escucha por dentro, real, real; hui
del grito, físico, patente, y lo seguí escuchando tendido al fin en mi
casa, en mi cama, boca arriba, la almohada en mi cara, cubriendo
mi nariz y mis oídos como si pretendiera asfixiarme para no oír más.
(Rosero, 2019, pp. 177-178).
El cuerpo individual encarnado de símbolos, polifonías y
multiplicidad de acentos es desmembrado, violentado,
desaparecido del entorno familiar. Al igual que Oye, Geraldina, la
sensual mujer que ahoga la fragilidad erótica de Ismael, junto a
Eusebito, su pequeño hijo, se convierten en los signos trágicos de la
novela. El ultraje al que son sometidos, sus muertes acometidas de
manera sádica, diverge totalmente del orden social sin que haya
una conciliación posible. Imágenes dantescas que han dado un
salto a lo profano, como nos lo recuerda Giorgio Agamben (2005);
un salto al vacío del sinsentido. Los paradigmas que más
profundamente modifican el concepto de humanidad que llega
hasta nuestros días forjan una disputa demencial con las acciones
barbáricas de aquellos intrusos que violentan sus cuerpos, que
hacen tambalear los presupuestos convivenciales establecidos por
la sociedad. Dichos actos son una secuela del dominio absoluto
sobre el mundo profanado.
Ismael transita en medio de una soledad desesperante por ese
paisaje de muerte, y narra, narra lo que ve:
Increíblemente pálido, yacía bocabajo el cadáver de Eusebito, y era
más pálido por lo desnudo, los brazos debajo de la cabeza, la sangre
como un hilo parecía todavía brotar de su oreja […]. Pensé en
Geraldina, y me dirigí a la puerta de vidrio abierta de par en par. Un
ruido en el interior de la casa me detuvo. Esperé unos segundos y
avancé, pegado a la pared. Detrás de la ventana de la salita pude
entrever los quietos perfiles de varios hombres, todos de pie,
contemplando algo con desmedida atención, más que absortos:
recogidos como feligreses en la iglesia a la hora de la elevación.
Detrás de ellos, de su inmovilidad de piedra, sus sombras oscurecían
la pared, ¿qué contemplaban? Olvidándome de todo, solo
buscando a Geraldina, me sorprendí avanzando yo mismo hacia