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Revista Inclusión y Desarrollo No. 13 pp. 28-47, enero-junio 2026 , eISSN: 2590-7700 -- ISSN: 2389-7341

The complexities of “weaving ourselves anew”: a reflection on Women, Conflict and Territorial Peacebuilding

Las complejidades de “tejerse de nuevo”: reflexión sobre mujeres, conflicto y construcción de paz territorial1

As complexidades de “reconstruir-nos”: reflexão sobre Mulheres, conflito e consolidação da paz territorial

1. Fabian Andrey Zarta Rojas
2. Johanna Ximena Pomeo Carmona

1. Corporación Universitaria Minuto de Dios (UNIMINUTO), Fabian.Zarta@uniminuto.eduOrcidhttps://orcid.org/0000-0001-5536-3712
2. Corporación Universitaria Minuto de Dios (UNIMINUTO), jpomeoca@uniminuto.edu.coOrcidhttps://orcid.org/0009-0001-6753-5136
Recibido: 17 de mayo del 2026 Aceptado: 16 de junio del 2026 Publicación: 26 de junio del 2026
Para citar este artículo | To cite this article | Para citar este artigo: Zarta Rojas, F. A., & Pomeo Carmona, J. X. . (2026). Las complejidades de “tejerse de nuevo”: mujeres, conflicto y construcción de paz territorial. Inclusión Y Desarrollo, 13(1), 28-47. https://doi.org/10.26620/uniminuto.inclusion.13.1.2026.28-47

RESUMEN

Este artículo de reflexión se propone comprender cómo se configuran la resiliencia y el liderazgo femenino en experiencias de mujeres firmantes del Acuerdo de Paz vinculadas a un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación – ETCR–, a partir de una lectura situada inspirada en las trayectorias de dos mujeres firmantes que participaron como gestoras comunitarias en procesos de reincorporación comunitaria. Desde el pensamiento complejo, el texto articula memoria, subjetividad, territorio, cuidado y construcción de paz, reconociendo que la reincorporación no puede comprenderse únicamente como tránsito institucional, sino también como proceso humano, relacional y político. La reflexión se organiza en tres ejes: mujeres, subjetividad y territorio; tejer, tejernos y tejerse; y paz territorial desde la complejidad. Los hallazgos reflexivos muestran que la resiliencia no debe romantizarse como simple capacidad individual, sino comprenderse como práctica situada que emerge entre desigualdades persistentes, liderazgos cotidianos y acciones comunitarias. Se concluye que “tejerse de nuevo” nombra una forma de reconstrucción subjetiva y territorial mediante la cual las mujeres transforman memoria, dolor y experiencia en participación, cuidado y paz territorial.

Palabras clave: Mujeres firmantes; reincorporación comunitaria; liderazgo femenino; paz territorial; resiliencia; pensamiento complejo.

ABSTRACT

This article aims to understand how resilience and female leadership are configured in the experiences of women signatories of the Peace Agreement in the El Oso Territorial Training and Reintegration Area (Planadas, Tolima), examined from a complexity perspective based on life stories, in order to contribute to the understanding of territorial peacebuilding from a situated, relational, and gender perspective. To develop this reflection, three axes are proposed: 1) Women, subjectivity, and territory; 2) Weaving, weaving ourselves, and being woven together; 3) Territorial peace from a complexity perspective. The conclusions show that producing a subjectivity that contributes to peacebuilding for a territory ultimately becomes the deepest form of resistance; it is about “weaving ourselves” as political subjects. Resistance, then, lies not only in the development of capacities, trades, or professions but also in the way in which they act when given a new opportunity to contribute to the territorial peace of the place where they once grew up.

Keywords: Women, territory, territorial peace, peace agreement, social inclusion.

RESUMO

Este artigo busca compreender como a resiliência e a liderança feminina se configuram nas experiências de mulheres signatárias do Acordo de Paz na Área de Formação e Reintegração Territorial El Oso (Planadas, Tolima), examinadas a partir de uma perspectiva da complexidade baseada em histórias de vida, a fim de contribuir para a compreensão da construção da paz territorial sob uma perspectiva situada, relacional e de gênero. Para desenvolver essa reflexão, propõem-se três eixos: 1) Mulheres, subjetividade e território; 2) Tecendo, tecendo-nos e sendo tecidas juntas; 3) Paz territorial a partir de uma perspectiva da complexidade. As conclusões apontam que produzir uma subjetividade que contribua para a construção da paz em um território se torna, em última análise, a forma mais profunda de resistência; trata-se de “tecer-nos” como sujeitos políticos. A resistência, portanto, reside não apenas no desenvolvimento de capacidades, ofícios ou profissões, mas também na maneira como elas agem quando lhes é dada uma nova oportunidade de contribuir para a paz territorial do lugar onde cresceram.

Palavras-chave: Mulheres, território, paz territorial, acordo de paz, inclusão social.



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DOI del artículo: https://doi.org/10.26620/uniminuto.inclusion.13.1.2026.28-47


Introducción

“Las mujeres no solo han sido víctimas del conflicto armado; han sido también protagonistas fundamentales en la reconstrucción del tejido social y en la construcción de paz.”
Comisión de la Verdad (2022)

Tratar el conflicto armado colombiano no es hablar únicamente de cifras o de hechos históricos. Es hablar de historias humanas marcadas por la pérdida, la incertidumbre y, al mismo tiempo, por la capacidad de resistir y volver a empezar. Es hablar de vidas atravesadas por la guerra, de comunidades que aprendieron a convivir con la violencia y de personas que, aun en medio de la incertidumbre, encontraron maneras de reconstruir la vida. Entre ellas, las mujeres han ocupado un lugar especialmente significativo. Han sido víctimas de múltiples violencias (físicas, psicológicas, emocionales, sexuales, entre otras) que han afectado profundamente sus vidas, sus proyectos personales, sus vínculos familiares y sus comunidades; pero también han sostenido procesos de cuidado, resistencia y reconstrucción que aun cuando muchas veces no son reconocidas, han permitido volver a tejer la vida, los vínculos y la esperanza en los territorios.

La Comisión de la Verdad (2022) recuerda que las mujeres han cargado con el peso del desplazamiento, la estigmatización y la desigualdad estructural; sin embargo, también han sido de las primeras en tejer caminos de reconciliación en sus comunidades y con sus familias. En muchos territorios, han sido ellas quienes han sostenido la vida cotidiana incluso en medio de las rupturas que dejó la guerra. Esta triple condición - afectadas por la guerra, víctimas de violencias basadas en género y constructoras de paz- muestra la complejidad del conflicto y exige mirarlo desde una perspectiva que integre lo personal, lo social y lo político.

En este sentido, la teoría del pensamiento complejo de Edgar Morin (1990) resulta útil para comprender que los fenómenos humanos no se explican desde una sola dimensión, sino desde la interacción entre lo individual, lo emocional, lo cultural y lo colectivo. También permite comprender cómo la complejidad se materializa en lo cotidiano, como lo afirman Zarta et al. (2024) “el pensamiento complejo fomenta una visión integral y justa de la sociedad, contemplando la disparidad de necesidades y perspectivas, lo cual contribuye a combatir la desigualdad, impulsando la inclusión de todos los miembros de la sociedad” (p.15).

Desde esta mirada, la resiliencia y el liderazgo femenino no aparecen como hechos aislados, sino como procesos que se entrelazan. Morin (2001) plantea que la vida humana está tejida por redes de vínculos donde cada experiencia se conecta con otras. Así, comprender las trayectorias de mujeres firmantes del Acuerdo de Paz implica mirar más allá de los hechos individuales y reconocer el entramado de relaciones, memorias y condiciones sociales que configuran sus experiencias. Comprender su liderazgo implica, entonces, reconocer cómo se articulan sus historias personales, su participación comunitaria y las condiciones sociales que las rodean.

Las experiencias de las mujeres en el posconflicto colombiano, especialmente de quienes habitan los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR), muestran que la paz no es un punto de llegada definitivo, sino un camino que se construye día a día, entre recuerdos dolorosos, aprendizajes y expectativas de futuro. De allí brotan también las complejidades de la interseccionalidad como lo señalan Zarta y Urrutia (2025), en tanto las mujeres no viven la reincorporación desde una sola condición, sino desde la convergencia de género, territorio, memoria, desigualdad y participación comunitaria.

Autores como Bouvier (2019) y Lederach (2007) coinciden en que la construcción de paz no puede entenderse únicamente desde los acuerdos firmados, sino desde las relaciones cotidianas que se reconstruyen en los territorios. La confianza, la memoria y el diálogo se convierten en prácticas fundamentales para sostener la convivencia. Es en estos espacios cotidianos donde la paz comienza a adquirir sentido para quienes han vivido directamente los efectos de la guerra. Desde esa mirada, las historias de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz vinculadas al ETCR, reflejan precisamente dicha complejidad: vidas atravesadas por la violencia, pero también por la capacidad de rehacerse y liderar desde la experiencia vivida. Sus trayectorias recuerdan que la paz territorial no se decreta desde las instituciones; se teje en lo cotidiano, en los vínculos, en las conversaciones y en los pequeños actos de cuidado que permiten reconstruir la confianza.

El origen situado de esta reflexión se relaciona con la experiencia de acompañamiento y trabajo comunitario desarrollada por una de las personas autoras, a partir de su experiencia profesional en la Fundación Social Colombiana CedaVida, organización social colombiana dedicada al acompañamiento de comunidades, el fortalecimiento de capacidades, la protección de derechos y la construcción de paz en los territorios. En ese camino, el acercamiento a las trayectorias de dos mujeres firmantes de paz se dio en el marco de un proyecto social y comunitario desarrollado en 2023, orientado a implementar acciones comunitarias con enfoque de género, fortalecer liderazgos, promover el ejercicio de la ciudadanía activa, la participación en escenarios de construcción de paz y la incidencia de mujeres exintegrantes de las FARC-EP y mujeres de la comunidad. Su participación como gestoras comunitarias permitió comprender que la reincorporación no puede leerse únicamente desde los marcos institucionales, sino también desde las historias de vida, los liderazgos cotidianos y las formas en que las mujeres reconstruyen vínculos, territorio y esperanza después de la guerra.

La resiliencia, definida por Grotberg (1995) como la capacidad de enfrentar y transformarse frente a la adversidad, adquiere aquí un sentido colectivo. Walsh (2016) amplía esta idea al señalar que la resiliencia se construye en las familias, las comunidades y los entornos culturales. En contextos marcados por la guerra, esta resiliencia se convierte muchas veces en una forma de sostener la vida y de abrir posibilidades de futuro allí donde parecía que todo estaba perdido. En el caso de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz, esta resiliencia no se limita a la supervivencia individual, sino que se convierte en una práctica política: una forma de afirmarse frente a la exclusión y de participar en la reconstrucción de la vida comunitaria.

No obstante, es necesario evitar una lectura idealizada de la resiliencia. Como advierte Segato (2016), las desigualdades de género no desaparecen con el fin de la guerra, sino que se reconfiguran en los contextos de transición. Por ello, hablar de resiliencia no puede significar romantizar el dolor ni trasladar a las mujeres la responsabilidad exclusiva de reconstruir lo que la guerra y la desigualdad han fracturado. Más bien, implica reconocer las condiciones sociales, económicas, culturales y políticas en las que ellas intentan rehacer sus proyectos de vida, sostener sus comunidades y reclamar un lugar propio en la construcción de paz territorial.

Según ONU Mujeres (2020), las mujeres firmantes cumplen un papel clave en los procesos de memoria y reconciliación, aunque continúan enfrentando barreras estructurales relacionadas con el acceso a recursos, oportunidades económicas y reconocimiento social. Al acercarse a estas experiencias, resulta inevitable reconocer que la paz no puede entenderse únicamente desde los acuerdos firmados. Comprenderla exige también mirar las emociones, las relaciones y los procesos cotidianos que sostienen la vida después de la guerra, las separaciones entre lo emocional y lo racional, entre lo individual y lo colectivo.

Morin (1999) recuerda que la realidad humana está atravesada por la incertidumbre, pero es precisamente en esa complejidad donde surgen las posibilidades de transformación. Desde esta perspectiva, el liderazgo de mujeres firmantes del Acuerdo de Paz puede entenderse como una totalidad dinámica en la que se entrelazan su biografía, las memorias del conflicto, las condiciones sociales y las aspiraciones de cambio. La resiliencia femenina aparece entonces como un punto de encuentro entre dimensiones emocionales, éticas, políticas y comunitarias.

Desde una perspectiva compleja, acercarse a las experiencias de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz en el ETCR El Oso implica reconocer que la paz no es simplemente la ausencia de violencia, sino la capacidad de convivir con las diferencias, reconstruir sentidos y generar confianza en medio de la incertidumbre, es decir, una multiplicidad de elementos y porosidades. Como señala Lederach (2007), la “imaginación moral” consiste en construir relaciones que permitan ir más allá del trauma y abrir posibilidades de encuentro. Las historias de vida de las mujeres firmantes reflejan esa imaginación moral: una paz que nace en las relaciones humanas, en la palabra compartida y en la decisión cotidiana de seguir construyendo comunidad. Una paz que no se impone desde afuera, sino que se construye desde la palabra, la empatía y la acción colectiva en la vida cotidiana.

Sin embargo, a pesar de la relevancia de estas experiencias, persiste un vacío en la comprensión de cómo se configuran la resiliencia y el liderazgo femenino en escenarios concretos de reincorporación comunitaria. Buena parte de la literatura ha abordado la reincorporación desde enfoques institucionales, normativos o generales; no obstante, siguen siendo necesarias lecturas situadas que permitan comprender cómo, desde las trayectorias de vida, el cuidado, la participación y el liderazgo cotidiano, las mujeres transforman memorias del conflicto en prácticas de paz territorial. Este vacío justifica la pertinencia de una reflexión que no busca generalizar sus experiencias, sino reconocer la densidad humana, política y comunitaria de sus procesos de reconstrucción.

En este sentido, este artículo de reflexión se propuso comprender cómo se configuran la resiliencia y el liderazgo femenino en experiencias de mujeres firmantes del Acuerdo de Paz vinculadas al ETCR El Oso, en Planadas, Tolima, desde una lectura situada inspirada en trayectorias de vida y revisada a la luz del pensamiento complejo, con el fin de aportar a la comprensión de la construcción de paz territorial desde una perspectiva relacional, ética y de género.

Así las cosas, la historia de vida como materia prima para la reflexión se sustenta en el pensamiento complejo de Morin, en tanto permite reconocer la irreductibilidad de lo singular y comprender cómo se entrelazan dimensiones biográficas, sociales, emocionales y políticas en la experiencia humana. Desde esta perspectiva, las trayectorias de vida no se entienden como relatos aislados, sino como expresiones de procesos colectivos más amplios que dan cuenta de la complejidad del posconflicto. Con todo ello, se formula una pregunta que orienta la reflexión: ¿cómo se configuran la resiliencia y el liderazgo en las experiencias de mujeres firmantes del Acuerdo de Paz en el ETCR El Oso, y de qué manera estas experiencias contribuyen a la construcción de paz territorial en contextos de posconflicto?

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Los estudios sobre mujeres, conflicto armado y construcción de paz en Colombia han mostrado que las mujeres no solo han sido víctimas de múltiples formas de violencia, sino también actoras fundamentales en los procesos de reconstrucción del tejido social. La Comisión de la Verdad (2022) ha señalado que sus experiencias permiten comprender el conflicto desde dimensiones que no siempre son visibles en los relatos institucionales: el cuidado, la memoria, la pérdida, la resistencia comunitaria y la reconstrucción de la vida cotidiana. En esta misma línea, los trabajos sobre mujeres y paz han insistido en que su participación no puede limitarse a una lectura victimizante, pues muchas de ellas han sostenido procesos organizativos, familiares, comunitarios y territoriales antes, durante y después del conflicto armado.

En el campo de la reincorporación, diversas investigaciones han analizado los retos que enfrentan las personas firmantes del Acuerdo de Paz en su tránsito hacia la vida civil. Estos estudios han evidenciado que la reincorporación no es un proceso lineal ni exclusivamente institucional, sino una experiencia atravesada por condiciones sociales, económicas, familiares, comunitarias y políticas. En el caso de las mujeres firmantes, dichos retos se profundizan por las desigualdades de género, las cargas de cuidado, las barreras para acceder a recursos, la estigmatización y las dificultades para lograr reconocimiento social y político en los territorios.

Desde el enfoque de género, los antecedentes revisados permiten reconocer que las mujeres firmantes no viven la reincorporación de la misma manera que los hombres. Sus trayectorias están atravesadas por memorias del conflicto, experiencias de participación política, responsabilidades familiares, procesos de cuidado y búsquedas de autonomía. Por ello, autoras como Wills (2015) y organismos como ONU Mujeres (2020) han advertido la necesidad de fortalecer la participación de las mujeres en escenarios comunitarios, su liderazgo territorial y su incidencia en la toma de decisiones, especialmente en contextos donde la paz se construye desde relaciones cotidianas y no solo desde programas institucionales.

Por su parte, los estudios sobre paz territorial han señalado que la construcción de paz no se agota en la firma de los acuerdos, sino que se concreta en los territorios mediante prácticas de convivencia, reconciliación, participación y reconstrucción de confianza. En esta perspectiva, Lederach (2007) permite comprender que la paz se sostiene en relaciones humanas capaces de transformar memorias de dolor en posibilidades de encuentro. Así, la reincorporación comunitaria adquiere especial importancia, pues permite observar cómo las personas firmantes, sus familias y las comunidades construyen nuevas formas de relación después de la guerra.

La presente reflexión se nutrió, además, de la experiencia profesional de una de las autoras en la Fundación Social Colombiana CedaVida, organización social vinculada al acompañamiento comunitario, el fortalecimiento de capacidades y la construcción de paz en territorios. Desde ese lugar de trabajo comunitario, el acercamiento a trayectorias de mujeres firmantes permitió reconocer que la reincorporación no puede comprenderse únicamente desde los marcos institucionales o normativos, sino también desde las historias de vida, los liderazgos cotidianos, las prácticas de cuidado y las maneras en que las mujeres reconstruyen lazos y su ámbito en sus provincias después de la guerra.

Sin embargo, aunque existen estudios sobre mujeres, conflicto armado, reincorporación y paz territorial, aún se requieren lecturas situadas que permitan comprender cómo las mujeres firmantes configuran resiliencia y liderazgo desde sus propias trayectorias de vida. En este vacío se ubicó el presente artículo de reflexión, donde se propuso una lectura sensible y compleja de experiencias de dos mujeres firmantes vinculadas al ETCR El Oso, en el departamento del Tolima. Más que presentar una generalización empírica, el texto busca aportar a la comprensión de la paz territorial como un proceso vivo, relacional y cotidiano, en el que las mujeres no solo se reincorporan a la vida civil, sino que también se “tejen de nuevo” como sujetas políticas, comunitarias y territoriales.

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La ruta metodológica se construyó a partir de tres fuentes de análisis: la experiencia situada de acompañamiento comunitario, la revisión de literatura académica sobre mujeres, reincorporación, enfoque de género, resiliencia, liderazgo femenino y paz territorial, y el diálogo con referentes teóricos del pensamiento complejo, los estudios de paz y la subjetividad política. Desde esta perspectiva, las trayectorias de vida no son abordadas como datos empíricos susceptibles de generalización, sino como puntos de partida para una reflexión ética, relacional y situada sobre los procesos de reconstrucción subjetiva y territorial después de la guerra.

El tratamiento analítico se organizó en tres ejes: mujeres, subjetividad y territorio; tejer, tejernos y tejerse; y paz territorial desde la complejidad. Estos ejes permitieron relacionar las experiencias inspiradoras con categorías como memoria, cuidado, liderazgo femenino, resiliencia, reincorporación comunitaria, subjetividad política y construcción de paz territorial. Por razones éticas, el texto no expone nombres, datos íntimos ni testimonios identificables de las mujeres que inspiraron la reflexión. Esta decisión responde al principio de acción sin daño y al cuidado debido frente a trayectorias atravesadas por el conflicto armado, la reincorporación y la vida comunitaria.

En el plano teórico, el artículo se apoyó en un diálogo entre el pensamiento complejo, los estudios de paz, la resiliencia y la subjetividad política. Desde Morin (1990, 2001), la complejidad permite comprender que las experiencias de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz no pueden ser leídas desde una sola dimensión, pues en ellas se entrelazan memoria, territorio, género, emociones, vínculos comunitarios e instituciones. Esta perspectiva permite evitar miradas lineales sobre la reincorporación y reconocerla como un proceso incierto, relacional y atravesado por múltiples tensiones.

Desde los estudios de paz, Lederach (2007) permite comprender la paz como una construcción relacional que se sostiene en la confianza, el diálogo y la reconstrucción de vínculos. En esta misma línea, la paz territorial no se reduce a la firma de acuerdos ni a la implementación de programas institucionales, sino que se expresa en prácticas cotidianas de convivencia, cuidado, participación y reconciliación. Esta mirada resulta clave para comprender el papel de las mujeres firmantes como sujetas que reconstruyen comunidad desde acciones muchas veces poco visibles, pero profundamente transformadoras.

La noción de resiliencia, retomada desde Grotberg (1995) y Walsh (2016), permite reconocer la capacidad de las personas y comunidades para afrontar la adversidad y reconstruir sentidos de vida. No obstante, este artículo asumió una lectura crítica de dicha categoría. La resiliencia no se entiende aquí como una exigencia moral de fortaleza individual ni como una forma de idílica del dolor de las mujeres, sino como una práctica situada, relacional y comunitaria que solo puede comprenderse en diálogo con las condiciones sociales, económicas y políticas que atraviesan sus vidas. En este punto, Segato (2016) ofrece un contrapunto necesario al advertir que las violencias y desigualdades de género no desaparecen con el fin formal de la guerra, sino que se reconfiguran en los escenarios de transición y posacuerdo.

Finalmente, los aportes de Foucault (1990), Sen (1999), Deleuze y Guattari (2004) permiten pensar la subjetividad como un campo de disputa, agencia y producción de capacidades. Desde esta perspectiva, “tejerse de nuevo” no alude únicamente a una reconstrucción íntima o emocional, sino también a una práctica política mediante la cual las mujeres resignifican su historia, disputan lugares de reconocimiento y participan en la construcción de paz territorial. Así, el marco teórico no busca afirmar una lectura única sobre la reincorporación, sino sostener una reflexión que reconozca tanto las posibilidades de agencia como las tensiones estructurales que condicionan la vida de las mujeres firmantes.

1. Mujeres, subjetividad y territorio

Hablar de una mujer firmante del Acuerdo de Paz en Colombia es hablar de una vida atravesada por la guerra, pero también de procesos de reconstrucción que no siempre son visibles. El conflicto armado dejó profundas huellas en los territorios y en las personas, y aunque la firma del Acuerdo abrió un camino hacia la transición, para muchas mujeres ello no significó el fin de las dificultades, sino el inicio de nuevas formas de lucha: por el reconocimiento, la dignidad y la posibilidad de reconstruir sus proyectos de vida en medio de persistentes y marcadas desigualdades.

La Comisión de la Verdad (2022) ha señalado que las mujeres no solo fueron víctimas de múltiples violencias durante el conflicto, sino que también han sido protagonistas en la reconstrucción del tejido social. Esta doble condición permite comprender que la paz también se construye desde las prácticas cotidianas de cuidado, organización y liderazgo que surgen en los territorios. Como plantea María Emma Wills (2015), los procesos de paz en Colombia han reconocido cada vez más el papel de las mujeres, pero las brechas estructurales de género siguen presentes en la implementación territorial, limitando su acceso a recursos, oportunidades económicas y reconocimiento social.

En muchos casos, las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz deben reconstruir sus vidas en escenarios donde persisten la estigmatización, la precariedad económica y las dificultades de inserción laboral. Sin embargo, en medio de estas condiciones también emergen formas de liderazgo y resiliencia que sostienen la vida comunitaria. Cynthia Enloe (2014) señala que en contextos de guerra y posguerra las mujeres suelen asumir responsabilidades de cuidado y organización que, aunque poco visibilizadas, resultan fundamentales para la sostenibilidad de las comunidades. En el caso colombiano, estas prácticas continúan en el posacuerdo, donde las mujeres no solo buscan rehacer sus proyectos personales, sino también fortalecer procesos colectivos de convivencia y reconciliación.

La resiliencia, entendida como la capacidad de sobreponerse a la adversidad (Grotberg, 1995), adquiere aquí un sentido más amplio. No se trata únicamente de resistir, sino de reconstruir y transformar las condiciones de vida. Walsh (2016) propone comprender la resiliencia como un proceso relacional que se teje en redes familiares y comunitarias. En los territorios de reincorporación, esta resiliencia se expresa en la creación de espacios de encuentro, en el liderazgo comunitario y en la construcción de nuevas formas de convivencia. Las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz no solo enfrentan sus propias historias de vida, sino que también sostienen procesos colectivos que hacen posible la paz en lo cotidiano.

Desde la construcción de paz, Lederach (2007) plantea que la reconciliación no es un evento puntual, sino un proceso que se construye en las relaciones humanas y en la capacidad de imaginar futuros compartidos. En este sentido, el liderazgo de las mujeres en los territorios de reincorporación se vuelve fundamental para generar confianza, promover el diálogo y reconstruir vínculos, pero conviviendo con desigualdades estructurales que persisten en el acceso a la tierra, al empleo y a la participación política. ONU Mujeres (2020) advierte que las mujeres excombatientes enfrentan mayores barreras en estos ámbitos, lo que evidencia que la paz territorial implica transformaciones más profundas que la firma de un acuerdo.

Para comprender estas tensiones, el pensamiento complejo de Edgar Morin (1990, 2001) ofrece una mirada integradora. Las experiencias de las mujeres firmantes no pueden analizarse de manera aislada, ni desde su historia personal, ni solo desde las estructuras sociales. Ambas dimensiones se entrelazan en un proceso donde la memoria del conflicto, las condiciones del territorio y las aspiraciones de cambio se influyen mutuamente. La resiliencia y el liderazgo femenino aparecen, así, como procesos interdependientes, tejidos en medio de la incertidumbre y la reconstrucción.

Además, como lo advierte Rita Segato (2016), las desigualdades de género no desaparecen con el fin de la guerra, sino que se reconfiguran en los contextos de transición. Esto significa que las mujeres continúan enfrentando desafíos estructurales incluso en escenarios de paz. Reconocer estas tensiones permite evitar lecturas simplificadas que romantizan la resiliencia y, en cambio, invita a comprenderla como una práctica situada, atravesada por condiciones sociales, económicas y culturales específicas.

Desde esta perspectiva, analizar la relación entre resiliencia, liderazgo comunitario y desigualdad estructural permite entender que la paz territorial es un proceso vivo, sostenido en las prácticas cotidianas de quienes habitan los territorios. Las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz encarnan esta complejidad al reconstruir sus vidas en medio de desafíos persistentes, pero también al liderar procesos comunitarios que abren posibilidades de transformación. Este contexto constituye el punto de partida para profundizar, en los siguientes apartados, en la experiencia concreta de una mujer firmante del ETCR El Oso y en lo que su historia revela sobre la construcción de paz en Colombia.

Como efecto de todo ese proceso de resiliencia, pero sobre todo de reconstrucción es que surge lo que Foucault (1990) denomina “las tecnologías del yo” en las cuales hay una serie de elementos que atraviesan al sujeto y que producen unas subjetividades a raíz de aquellas relaciones de saber-poder (que en este caso son las políticas, los acuerdos, la guerra y el conflicto, el territorio). Pero no se trata de una sola forma de subjetividad sino de una pluralidad de ellas (C. Walsh, 2008), que son representadas por cientos de mujeres y que se producen a partir del dolor, de la sangre y las muertes que deja la guerra.

Son estas mujeres las que, a través de sus cuerpos que encarnan dichas subjetividades, componen y dan vida al territorio; porque allí se producen unos discursos que se resisten a las relaciones de poder que intentan silenciar o coartar cualquier intento de resistencia que ellas tengan ante las desigualdades estructurales e históricas del país; en otros términos, existen instituciones sociales que intentan hacer “dóciles”, usando el término foucaultiano, a la población para evitar que se subleven, se revelen y no haya fisuras en el poder institucional.

En síntesis, una de las formas en las cuales se puede resistir a esa opresión que las instituciones sociales generan para perpetuar que las mujeres y la población siga dócil, está en lo que señala Sen (1999) en su texto “Development as freedom” sobre el desarrollo de capacidades en el sujeto para poder contraponerse a las injusticias sociales. Se trata de desarrollar talentos, cualidades, discursos y elementos, a la forma de un dispositivo, de esa subjetividad que nos compone como manera para poder lograr un saber-hacer con esas relaciones de poder que nos atraviesan, pero sobre todo para no permitir que nos agencien como lo señalan Deleuze y Guattari (2004) y terminen alienando o anulando la subjetividad y discurso de estas mujeres que anhelan volver a lograr un lazo social como parte de su proyecto de vida.

2. Tejer, tejernos y tejerse.

Las historias de vida de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz en el ETCR El Oso permiten comprender, de manera situada, las tensiones entre reconstrucción personal, liderazgo comunitario y persistencia de brechas de género en el posacuerdo colombiano. Al acercarse a sus relatos, se hace evidente que la reincorporación no es únicamente un proceso institucional, sino una experiencia profundamente humana en la que se entrecruzan memorias, emociones y proyectos de vida. Sus trayectorias no pueden leerse solo como un proceso individual de reintegración, sino como un entramado de experiencias en el que se articulan memoria, territorio, vínculos comunitarios y condiciones estructurales que influyen en las posibilidades de rehacer la vida cotidiana.

Tras la firma del Acuerdo, el tránsito hacia la vida civil implicó redefinir identidades, roles y expectativas de futuro. En esa experiencia aparecen preguntas que muchas mujeres en procesos de reincorporación también se hacen: cómo reconstruir la vida después de la guerra, cómo ser reconocidas más allá del pasado y cómo proyectar un futuro en contextos todavía marcados por la incertidumbre. Este proceso de reconstrucción como mujeres, se da en un contexto donde la estigmatización social, la precariedad económica y las barreras de acceso a oportunidades las continúan afectando de manera diferenciada (Butler, 2004). Por otra parte, como advierte la ONU Mujeres (2020), las excombatientes enfrentan obstáculos específicos en el acceso a ingresos, participación política y reconocimiento social, lo que evidencia que la reincorporación no es un proceso lineal ni homogéneo. En este escenario, la experiencia de esta mujer muestra que reconstruirse implica negociar entre las memorias del conflicto, las demandas del presente y las aspiraciones de futuro.

Al mismo tiempo, su historia revela cómo el liderazgo comunitario emerge desde la experiencia vivida. En varios momentos de su trayectoria se observa que liderar no significa ocupar un cargo formal, sino asumir la responsabilidad de acompañar, escuchar y sostener procesos colectivos en el territorio. Lejos de entenderse como una posición formal de poder, el liderazgo se manifiesta en prácticas cotidianas de cuidado, organización y mediación que contribuyen a sostener la vida colectiva en el territorio. Siguiendo a Bouvier (2019), las mujeres en contextos de posconflicto suelen asumir roles fundamentales en la reconstrucción del tejido social, aun cuando estos no siempre son visibilizados o reconocidos. En el ETCR El Oso, este liderazgo se expresa en la participación en espacios comunitarios, en la gestión de iniciativas colectivas y en la capacidad de generar confianza en medio de la incertidumbre propia de los procesos de transición.

Sin embargo, este ejercicio de liderazgo convive con la persistencia de brechas de género que limitan las posibilidades de consolidar proyectos de vida sostenibles. En su experiencia cotidiana estas brechas se hacen visibles en las dificultades para acceder a recursos, en la carga desigual de las responsabilidades de cuidado y en la constante necesidad de demostrar capacidades en espacios donde aún persisten prejuicios. La desigual distribución de las tareas de cuidado, la inestabilidad económica y las dificultades para acceder a recursos productivos evidencian que la paz territorial se construye en medio de tensiones estructurales que no desaparecen con la firma de un acuerdo. Como señala Segato (2016), las desigualdades de género no se disuelven en los contextos de posguerra, sino que se reconfiguran, generando nuevas formas de exclusión que afectan a las mujeres.

Comprender la cuestión desde el pensamiento complejo de Morin (2001) permite reconocer que la reconstrucción personal y el liderazgo comunitario no son procesos separados, sino dimensiones interdependientes de una misma experiencia. En su trayectoria, la resiliencia aparece menos como un concepto abstracto y más como una práctica cotidiana: la capacidad de seguir adelante, de reconstruir vínculos y de encontrar sentido incluso después de haber vivido la guerra. La resiliencia se manifiesta aquí como una práctica relacional que se teje en los vínculos familiares, comunitarios e institucionales (Walsh, 2016), y que permite sostener la vida en medio de la incertidumbre. La trayectoria de estas mujeres en el ETCR El Oso evidencia que la paz territorial se construye en la cotidianidad, en los pequeños actos de cuidado y en la capacidad de proyectar un futuro posible a partir de las experiencias del pasado.

Asimismo, las vidas de estas mujeres que pretenden volver a “tejerse” no solo dan cuenta de las dificultades y tensiones propias del posacuerdo, sino también de las posibilidades de transformación que emergen cuando ellas participan activamente en la reconstrucción de sus comunidades. En esta experiencia se percibe que la paz no es una idea abstracta ni un resultado inmediato, sino un proceso que se construye lentamente en las relaciones humanas, en los espacios de diálogo y en los esfuerzos cotidianos por sostener la vida en común. Su experiencia invita a comprender la paz como un proceso relacional, situado y aún inacabado, en el que la memoria, la resiliencia y el liderazgo femenino se entrelazan para sostener la vida y abrir caminos hacia la reconciliación.

Con todo lo anterior, se trata de cómo estas mujeres, con la experiencia que las embarga, tejen territorio, es decir intentan suturar las porosidades que la injusticia social y las desigualdades han generado a lo largo de la historia y como efecto del conflicto en Colombia. Asimismo, se tejen para crear de nuevo un punto desde el cual se puedan enunciar políticamente, es decir, “tejerse” es reconstruirse o hacer un movimiento en sus subjetividades para poder ofrecer al territorio aquellos talentos u oficios en los cuales han decidido abocarse luego de renunciar a la parte violenta del conflicto y pasar a otras enunciaciones de dicho conflicto interno. La mujer entonces hace territorio al deconstruirse para tejer nuevas formas de fortalecer el lazo social y consolidar su liderazgo; y allí está la clave de la resistencia, en tejer el territorio, “tejerse” como sujeto y tejernos como sociedad.

3. La paz territorial desde la complejidad

La paz territorial no es un resultado inmediato ni un estado estable que aparece después de la firma de un acuerdo. Al acercarse a esta experiencia concreta, se hace evidente que la paz no surge de manera automática cuando termina la guerra, sino que comienza a construirse lentamente en la vida cotidiana de las personas. Más bien se revela como un proceso en permanente construcción, atravesado por tensiones, aprendizajes y transformaciones que se desarrollan en la vida cotidiana de las personas y las comunidades (Quintero, 2019). En el territorio, la paz no se experimenta como un momento de cierre del conflicto, sino como una práctica que se construye día a día en medio de desafíos que siguen presentes (Zarta, 2025).

En este contexto, la experiencia de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz en el ETCR El Oso muestra que reconstruir la vida después del conflicto implica mucho más que adaptarse a una nueva condición social. Implica también reaprender a confiar, volver a tejer relaciones y encontrar nuevas formas de habitar el territorio después de la guerra. Supone rehacer vínculos, redefinir identidades y aprender a habitar un espacio donde conviven las memorias del pasado con las expectativas del futuro (Nieto y Pardo, 2018). Este proceso no ocurre de manera lineal: está lleno de avances, dudas, aprendizajes y decisiones cotidianas que permiten seguir adelante incluso cuando las condiciones no son plenamente favorables.

El liderazgo que emerge en estas experiencias tampoco responde a estructuras formales. Muchas veces se expresa en acciones pequeñas pero significativas: organizar encuentros, acompañar procesos comunitarios, escuchar a otros, mediar en tensiones o impulsar iniciativas colectivas (Cárdenas-Díaz, Tocarruncho-Hernández y Lerma-Zambrano, 2020). Estas prácticas, aunque a menudo pasan desapercibidas, sostienen la vida comunitaria y ayudan a reconstruir la confianza entre personas que han vivido experiencias profundas de violencia o exclusión.

Mirar estas trayectorias desde una perspectiva reflexiva permite entender que la resiliencia no es únicamente una respuesta individual frente a la adversidad. Es también una forma de reconstruir sentido en medio de la incertidumbre y de encontrar en los otros la fuerza para continuar. Las experiencias compartidas, los espacios de diálogo y las iniciativas colectivas crean condiciones para que las personas puedan transformar sus propias historias y, al mismo tiempo, contribuir a la transformación del entorno en el que viven.

Desde esta mirada, la paz territorial aparece como una realidad profundamente relacional. No se sostiene únicamente en políticas o programas institucionales, sino en los vínculos humanos que se reconstruyen en los territorios. Se construye en la capacidad de escuchar y reconocer al otro, y en los esfuerzos cotidianos por sostener la convivencia. Al mismo tiempo, es una paz que permanece abierta e inacabada, porque sigue enfrentando desigualdades, estigmas y dificultades estructurales que forman parte de la historia reciente del país.

La experiencia de los estudios en paz, muestra que, incluso en medio de estas tensiones, las mujeres que participan en procesos de reincorporación desempeñan un papel fundamental en la reconstrucción de la vida comunitaria (Valencia y Chaverra, 2020). En sus acciones cotidianas aparece una forma de liderazgo que no siempre se nombra como tal, pero que resulta clave para sostener los procesos de convivencia. A través de su liderazgo y de su capacidad para generar espacios de encuentro, contribuyen a crear condiciones para que la paz deje de ser una idea abstracta y se convierta en una práctica concreta en los territorios.

Así, comprender estas experiencias invitan a pensar la paz territorial no como una meta ya alcanzada, sino como un proceso vivo que continúa transformándose con el tiempo. La paz se parece más a un tejido que se va construyendo en las relaciones humanas que a un resultado inmediato de los acuerdos políticos. Es en las historias personales, en los vínculos que se reconstruyen y en las acciones cotidianas donde la paz adquiere sentido y se vuelve posible.

Con lo expuesto, cabe cuestionarse finalmente, ¿qué puede decir la complejidad sobre la paz territorial? Dado que la paz territorial no es un concepto, sino más bien una noción o una combinatoria de palabras para expresar un anhelo social por alcanzar la tranquilidad en el territorio, no vale la pena pensarla filosóficamente, sino que esta se presta para reflexionarla, es decir para examinarla y explorarla a la luz de los estatutos epistemológicos de la complejidad.

Así las cosas, lo primero que se debe señalar es la multiplicidad de elementos que rodean la paz territorial; cada uno de ellos cuenta con muchos procesos internos que contribuyen a sostener todo el sistema o lo que llamamos estructura societal, que es en últimas lo que todos estos elementos interdependientes sostienen. Por otra parte, y más allá de que exista un caos por estos elementos, el caos es y se ubica en los interludios entre el sujeto que promueve la paz territorial y los elementos que componen esta noción.

Es en ese vacío que se ubican las complejidades de la paz territorial, porque en estos interludios entre el sujeto y el anhelo por la paz, brotan las luchas, los conflictos y discursos que buscan unos con otros aniquilarse para tratar de abarcar dicho espacio o simplemente evitar que exista una comunicación plena entre el sujeto político que actúa y la paz territorial que está dispuesta a aplicarse. Entonces lo complejo del asunto es poder maniobrar ese caos que se presenta entre el actuar y el ideal de territorio.

¿Qué hacer al respecto de estas complejidades territoriales? Entre miles de respuestas que existen, la más cercana es: actuar de forma ética y al contemplar lo ético se interpela lo político; con estos elementos habrá que comprender una a una las complejidades que surjan en el vacío o interludio entre lo que se tiene y lo que se quiere, siempre garantizando el mínimo daño al prójimo o el desencadenamiento de guerras (no de conflictos, puesto que el conflicto es inherente al ser humano). En síntesis, solo cuando se sepa sortear la incertidumbre de dichas complejidades que brotan en los territorios se podrá hacer visible la paz o al menos unos destellos de ella entre los habitantes en su diario convivir.

4. Hallazgos reflexivos y discusión

A partir de la lectura situada de las trayectorias que inspiraron este artículo y del diálogo con los referentes teóricos abordados, se identificaron tres hallazgos reflexivos. Estos no se presentan como resultados generalizables ni como producto de un procesamiento estadístico de datos, sino como comprensiones interpretativas derivadas de la articulación entre experiencia situada, revisión teórica y análisis reflexivo.

El primer hallazgo permite comprender que la resiliencia de las mujeres firmantes no puede reducirse a una capacidad individual para superar la adversidad. En diálogo con Grotberg (1995) y Walsh (2016), la resiliencia aparece como una práctica relacional que se sostiene en los vínculos familiares, comunitarios e institucionales. Sin embargo, esta comprensión exige una lectura crítica: como advierte Segato (2016), las desigualdades de género no desaparecen con el fin formal de la guerra, sino que se reconfiguran en los escenarios de transición. Por ello, la resiliencia no debe entenderse como romantización del dolor, sino como una forma situada de sostener la vida en medio de condiciones estructurales que aún limitan la autonomía, la participación y el reconocimiento de las mujeres.

El segundo hallazgo muestra que el liderazgo femenino en contextos de reincorporación comunitaria no siempre se expresa en cargos formales o espacios institucionalizados de poder. Por el contrario, muchas veces se manifiesta en prácticas cotidianas de cuidado, escucha, mediación, organización comunitaria y construcción de confianza. En este sentido, los aportes de Lederach (2007) permiten comprender que la paz se construye en las relaciones humanas y en la capacidad de imaginar futuros compartidos. A su vez, Wills (2015) y ONU Mujeres (2020) permiten reconocer que la participación de las mujeres en escenarios de paz no puede entenderse como un elemento secundario, sino como una condición necesaria para reconstruir tejido social, ampliar la democracia y disputar lugares de reconocimiento en los territorios.

El tercer hallazgo se relaciona con la metáfora de “tejerse de nuevo” como forma de reconstrucción subjetiva y territorial. Desde el pensamiento complejo de Morin (1990, 2001), las experiencias de las mujeres firmantes no pueden leerse de manera fragmentada, pues en ellas se entrelazan memoria, territorio, género, emociones, vínculos comunitarios y condiciones institucionales. A la luz de Foucault (1990), Sen (1999), Deleuze y Guattari (2004), “tejerse de nuevo” puede comprenderse como una práctica política mediante la cual las mujeres resignifican su historia, desarrollan capacidades, disputan lugares de reconocimiento y participan en la construcción de paz territorial.

En conjunto, estos hallazgos reflexivos permiten afirmar que la paz territorial no se agota en la firma de acuerdos ni en la implementación de programas institucionales. Se construye en la vida cotidiana, en los vínculos que se reparan, en las comunidades que vuelven a encontrarse y en las mujeres que, desde sus trayectorias, sostienen procesos de cuidado, liderazgo y reconciliación. Así, el aporte de este artículo no reside en generalizar resultados empíricos, sino en proponer una lectura ética, situada y compleja sobre las formas en que las mujeres firmantes se reconstruyen a sí mismas mientras contribuyen a reconstruir territorio.

Conclusión

En el presente artículo se ha querido reflexionar en torno a los elementos que rodean las experiencias de las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz y a los aportes que, desde sus trayectorias en los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación —ETCR—, realizan a los territorios. Desde esta perspectiva, la metáfora de “tejerse de nuevo” permite comprender los procesos mediante los cuales las mujeres reconstruyen lazos sociales, resignifican sus historias de vida y se vinculan nuevamente a la estructura social desde los oficios, saberes, capacidades y talentos construidos durante su trayectoria vital y comunitaria.

Las mujeres firmantes del Acuerdo de Paz vuelven al territorio no solo para habitarlo, sino también para contribuir a su transformación. Por ello, estas mujeres “tejen territorio”, pero también se tejen a sí mismas, porque se reconstruyen mientras participan en la reconstrucción comunitaria. En este proceso, la desigualdad social y la injusticia pueden empezar a revertirse en la medida en que se generan espacios para que quienes transitan hacia la vida civil puedan hacerlo sin quedar reducidas a estereotipos, estigmas o lecturas simplificadas de su pasado, sino desde la producción de nuevas subjetividades marcadas por el oficio, el cuidado, el liderazgo y la participación territorial.

Reconstruir o producir una subjetividad que aporte a la construcción de paz en un territorio termina por convertirse en una forma profunda de resistencia. Se trata de un “tejernos” como sujetos políticos. La resistencia está, entonces, no solo en el desarrollo de capacidades, oficios o profesiones, sino también en la forma en que las mujeres actúan cuando encuentran una nueva oportunidad para aportar a la paz territorial de aquellos lugares que han marcado sus vidas, sus memorias y sus posibilidades de futuro.

En esa noción de paz territorial, compuesta por una serie de elementos que le otorgan un carácter complejo, se encuentra también su posibilidad de ser investigada, reflexionada y, sobre todo, practicada. Generar espacios para la paz territorial implica interpelar la pluralidad de subjetividades y sujetos que se producen a partir del conflicto armado y en relación con él. Solo de esta manera es posible hablar de una paz territorial ética, situada y democrática, capaz de reconocer las diferencias, reconstruir vínculos y sostener procesos comunitarios de reconciliación.

Como proyección investigativa, este artículo invita a profundizar en estudios cualitativos que recuperen de manera más directa las voces, relatos y trayectorias de mujeres firmantes del Acuerdo de Paz, especialmente en escenarios territoriales donde la reincorporación continúa atravesada por desigualdades de género, cargas de cuidado, estigmatización y barreras para el reconocimiento social y político. Futuras investigaciones podrían ampliar el análisis comparando experiencias de mujeres firmantes en distintos ETCR, explorando sus formas de liderazgo comunitario, sus prácticas de cuidado, sus estrategias de sostenibilidad económica y sus aportes a la construcción de paz territorial desde una perspectiva interseccional.

En términos de transferencia de conocimiento, la reflexión que aquí se desarrolló puede aportar a procesos pedagógicos, comunitarios e institucionales orientados al fortalecimiento de liderazgos femeninos, la memoria territorial, la reconciliación y la prevención de nuevas formas de exclusión. Pensar la paz territorial como un tejido implica reconocer que no basta con diseñar programas o políticas públicas; es necesario crear espacios de escucha, formación y acompañamiento donde las mujeres firmantes puedan narrar sus experiencias, fortalecer sus capacidades y participar activamente en la reconstrucción de sus comunidades. De esta manera, “tejerse de nuevo” no solo opera como metáfora conceptual, sino como horizonte práctico para la acción comunitaria y la construcción de paz.

Declaraciones

Financiación

El presente artículo es financiado por Parque Científico de Innovación Social- PCIS- UNIMINUTO con código SIGIIP CIOP225-310-6553.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no tener conflicto de intereses.

Aspectos éticos y uso de IA

Los autores declaran hacer uso ético de la inteligencia artificial.

Agradecimientos

Al grupo de Pensamiento en Estudios Complejos por seguir constituyendo un espacio de reflexión constante y a cada uno de sus integrantes por no quebrarse ante la adversidad.

Contribución de autores (CRediT)

Autor 1: Conceptualización, Metodología, Redacción; borrador original. Autor 2: Análisis formal, Visualización, Redacción, revisión y edición.

1 El presente artículo de reflexión es derivado del proyecto Nodo titulado “La Paz y la Gestión de Crisis en Colombia: una Perspectiva desde la Complejidad” Desarrollado por el Grupo de Pensamiento en Estudios Complejos Financiado por convocatoria del Parque Científico de Innovación Social- PCIS- UNIMINUTO con código SIGIIP CIOP225-310-6553.


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Artículo de investigación / Research Article / Artigo de pesquisa

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